Xavier Moratinos (APAEMA): «Los cerealistas tendremos futuro si tejemos comunidad»
Xavier Moratinos, cerealista ecológico de Sant Joan, habla sobre su proyecto Blat net y las variedades locales de trigo.
Para muchos campesinos, trabajar la tierra es una forma más de amor a sus raíces, a su lugar en el mundo. Xavier Moratinos es un cerealista de Sant Joan y es un buen ejemplo de ello. Cogió las tierras de la familia para tenerlas vivas, activas. Como muchos de su generación, compaginó durante años su profesión con tardes y fines de semana de trabajo en el campo. Ahora, ya jubilado tras una vida de maestro/campesino, su principal dedicación es obtener harina limpia. Limpia de productos químicos de síntesis y de engaños para el consumidor. Las variedades locales son más que semillas para él: son tradición, cultura, identidad. Hablamos de su proyecto durante una tregua de las lluvias de enero.
¿Cuál es tu vínculo con la tierra? ¿Te viene de familia?
Sí. No éramos campesinos, pero bueno, desde antes de mis abuelos ya teníamos aquí y allá un par de fincas pequeñas. Y claro, el tiempo pasa y se fueron descuidando. Yo era maestro de escuela, aunque ahora ya estoy jubilado. Pero hace unos veinticinco años que llevo un poco las tierras de la familia. Sobre todo para verlo cuidado y para mantenerlo.
¿Qué cultivos haces?
Teníamos almendros, algarrobos y alguna finca de cereales. Ahora los almendros se mueren y solo puedes sacar la leña, mucha. Me dedico solo al cereal. Empecé con el trigo xeixa, que es una semilla muy estable. Y así como el trigo mort o el florenci puede que los tengas que ir seleccionando más porque se van degradando, de trigo xeixa hace veinte y pico de años que siembro siempre mi propia semilla. He hecho algunas pruebas con otros trigos antiguos, pero hasta este año no había añadido una variedad más.
¿Cuál?
He sembrado trigo barba, que sí que es un trigo claramente identificable. He hecho un par de entrevistas a campesinos de la zona y me comentaron que antiguamente era un trigo que se utilizaba para pan, incluso más que el xeixa, que se usaba habitualmente para otras preparaciones. Aunque yo, como mucha gente, hago pan con harina de xeixa y me gusta mucho, tradicionalmente no era lo más habitual.
Seguramente hacían pan con lo que tenían… Hay gente que cuenta que hacer mezclas de harinas era lo más común, ¿no?
Sí. De hecho, yo creo que es una buena idea eso de mezclar. Una vez fuimos a hablar con Gomila, el harinero de Montuïri, y nos lo explicaba. El panadero le decía «a esta le falta un poco de fuerza», pues añadía un poco más de aquella, o «el sabor no me acaba de convencer», pues un poco más de aquella otra. En el fondo, eso es lo que nos ha traído a los trigos modernos. Aquellas harinas que daban mejor resultado, en cuanto a aspecto y rendimiento, eran las que hacían los panes que el cliente elegía más y el panadero pedía aquello al molinero, y este le decía al campesino que sembrara más. Y así el cambio ha sido imparable. Por eso, muchas harinas que en su momento se consideraban de fuerza, ahora un panadero te dirá que no tienen tanta. Por eso estas variedades son más digestibles, porque tienen menos gluten.
Tú has hecho algunas entrevistas a los campesinos más mayores. ¿De dónde te surge este interés?
Soy de la opinión de que, aparte de las semillas, hay que mantener también la cultura que hay detrás. Qué trigo sembrabais, cómo lo sembrabais, cuándo daba, qué técnicas usabais o cómo hacían la harina, cómo lo amasaban, etc. Son preguntas poderosas. Si solo tienes la semilla y no sabes nada de todo lo demás, te falta una parte importante. Si guardas las semillas en un banco, pasados doscientos años necesitarás esta información. Y bueno, habré grabado a tres o cuatro campesinos mayores.
¿Y qué harás con eso?
Pues hay otra gente que también ha hecho o hace esta tarea. Sería interesante ver cómo lo podemos agrupar. Claro, yo ahora lo tengo en unos discos, pero habría que depurarlo un poco y sacar lo más relevante para difundirlo, porque si no es como una semilla que guardas. Si no la siembras, tarde o temprano esa semilla se perderá. Y es verdad que hay muchas cosas que ya hemos perdido. Queda poca gente que te pueda dar detalles.
Personalmente, ¿qué has sacado de estas entrevistas? ¿O qué has aprendido?
Lo he hecho porque encontraba que falta un poco todo esto, que esta cultura fuera más pública. También es verdad que me gusta hablar con la gente mayor. Te muestran con gozo las herramientas, el horno… Creo que es un reconocimiento hacia ellos. Escuchar para mantener, para aprender, y porque un día también te escuchen a ti, a lo mejor también es un poco eso. He aprendido que al final no es que tuvieran amor por una semilla. No eran demasiado románticos los campesinos de por aquí. Más que romanticismo era supervivencia. Lo que querían era mantener a la familia, vivir de ello y no tener que irse a América. Pero bueno, al final eso sí que generó un amor a la tierra y al lugar que sí que transmiten.
¿De dónde sale el nombre de tu proyecto, Blat net?
Es un poco esa preocupación ecológica de ver que cada día vamos a peor y que tenemos que hacer algo. Cuando tú compras un kilo de harina ecológica de kilómetro cero, compras también una participación, una ayuda a este proyecto común de salvar el mundo, que lleva muy mala mar. La agricultura eco no es solo porque tiene mejor sabor, o porque el abuelo lo hacía, no. Es una lucha que entre todos tenemos que intentar ganar, porque si no, mal.
Por tanto, ¿en qué momento decidiste hacer la producción en eco?
Yo empecé con un tractor viejo en los años 90 y nunca he echado nada. Ni herbicidas ni abonos químicos, nada. Las fincas están limpias de todo eso. Al trigo solo le hemos hecho tratamientos de cobre, y son unos pocos gramos en total por nueve cuarteradas aprox. Poquísimo si lo comparamos con lo que se usa en la viña, por ejemplo. Y eso lo hacemos para prevenir la mazorca, que es un hongo. Nunca he tenido, pero si lo coges no quieren el grano ni los animales.
¿De dónde te nace esta sensibilidad ecologista?
De joven, la lengua, el país, la ecología… todo eso era indivisible. Nuestros referentes eran los jóvenes del 68. Aquí en Sant Joan había un grupito potente, más mayor. Cuando nosotros teníamos quince años, en el 75, ellos ya habían venido de la universidad, de Barcelona, y en la plaza del pueblo contaban batallitas y hablábamos. De alguna manera nos inocularon este virus, esta preocupación. Vas creciendo y ves que si quieres mejorar tienes que avanzar. Yo pensaba que siempre subíamos un escalón, a mejor. Ahora, no lo sé, tengo la sensación de que reclamamos cosas a las que ya habíamos llegado o incluso de un escalón más abajo. Efectivamente, las cosas no siempre suben sino que a veces también bajan. Realmente es algo que salió de dentro. De conocer de dónde venimos y saber hacia dónde queremos ir.
¿Qué importancia le das a formar parte de proyectos colectivos?
Si no trabajamos en grupo, no ganaremos. Tenemos que ir juntos y aprovechar sinergias, con la lengua, la ecología, la alimentación, la salud mental, la comunicación entre personas.
¿Cómo valoras el conjunto del sector cerealista?
No estamos demasiado coordinados, las cosas como son. Pero sí que se han iniciado proyectos que escenifican que hay interés, por una parte, en que esto mejore. Un ejemplo es el proyecto de Sa Porgadora, de Sineu. Lleva cuatro años funcionando, y sirve para poner en común un sistema de limpieza de cereales, una maquinaria que una persona sola no puede asumir. Y pienso que deberíamos ir hacia ahí, a partir de ciertas necesidades que tenemos todos y que colectivamente podemos resolver, unirnos. A la larga también tendremos que encontrar una política común de comercialización que nos permita vivir en este mundo capitalista sin caer, es decir, encontrando un equilibrio. Los cerealistas tendremos futuro si tejemos comunidad.
Bien, volvamos a tu proyecto. ¿Qué manejo llevas en tus fincas?
Como yo no echo estiércol, lo que hago es abono verde. Pienso que la tierra siempre tiene que estar en marcha. Por eso no hago barbecho. Cuanta más actividad tiene el suelo, más vida crea. Cuando no tenía tanta demanda, dividía las fincas: la mitad era para abono verde y la otra para trigo. Ahora la demanda ya no me lo permite, pero siempre tengo alguna finca en abono. Entre siembra y siembra, en agosto hago cultivo intermedio, que también incorporo, habas normalmente. La paja no me la llevo tampoco, la pico y la vuelvo a incorporar. Eso con los trigos antiguos lleva un poco más de trabajo, porque son más altos y hay que hacer un par de pasadas.
Una vez has cosechado. ¿Qué proceso haces hasta que vendes la harina?
Cuando lo he pasado por Sa Porgadora, viene directo aquí. Lo tengo fuera de la cámara de frío hasta que el tiempo me lo permite. Hacia marzo ya va dentro para evitar que el gorgojo lo ataque. La harina la voy haciendo según la demanda, es fresca. Si necesita más limpieza, lo paso por el «triarvejones» y, después, por una máquina que gracias al aire selecciona según el peso. Y luego ya al molino de piedra a medida que se va vendiendo.
¿Cómo lo comercializas?
Aquí, en Sant Joan, en una tienda, en la Cooperativa de Petra, en Manacor en Es Sinfí, tengo un distribuidor de Porreres y algunos panaderos que elaboran con mi harina. También hago venta a particulares, cualquier persona que quiera puede encargarnos.
¿Qué es lo que más valoras de formar parte de APAEMA?
Actualmente, APAEMA tiene proyectos de gran importancia para el sector. Pienso que, de alguna manera, hace de aglutinador de estas individualidades. Es imprescindible para disponer de una comunidad más fuerte que pueda llevar a cabo estos proyectos conjuntos. También es una asociación necesaria para hacer que la agricultura ecológica esté en el lugar que merece, e incluso ayudar a mejorarla.
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