Miquel Serra, una década como técnico de campo de APAEMA
Tomeu Mesquida (APAEMA) conversa con Miquel Serra, ingeniero y técnico de campo de la entidad durante más de una década, antes de su marcha.
Intentar detener el tiempo no es un oficio fácil. Miquel Serra ha sido durante más de una década el técnico de campo de APAEMA. Ahora guarda los aperos y se va a Inca a recuperar la emblemática librería Espirafocs. Charlamos dando un paseo antes de una de sus últimas visitas como técnico. Estas entrevistas mensuales tienen la misión imposible de dejar constancia, o al menos testimonio, para el futuro. Desde el presente, os emplazo a no perder la oportunidad de ir a la librería a plantearle en persona dudas o recomendaciones literarias, como si fuera el oráculo de los árboles enfermos, de los miedos vitales. Músico, escritor, lector y técnico con las botas siempre embarradas, devorador incombustible de bellotas dulces y botifarrons, y enemigo resignado del avance tecnológico. Alguien que ha conseguido mantener la curiosidad incorrupta de un niño salvaje. De corazón marrón, como todos los corazones, pero con el poder de hacer que todo parezca ligero, indolente, incluso soportable. No es un oficio fácil el de detener el tiempo, y él demuestra en cada conversación, por pequeña que sea, que se ha dedicado a ello con éxito toda la vida.
¿Vienes de familia payesa?
No. Mis abuelos tenían otros oficios. Mi vínculo de pequeño con el mundo agrario viene de la profesión de mi padre. Era ingeniero técnico agrícola también, y llevaba la delegación comarcal de Inca de la Extensión Agraria. Aquello estaba en un chalet justo en la periferia de Inca, ya en el campo, y no era una oficina al uso. Había un invernadero, gallinero, abejas, hacían pruebas de cultivos… era muy idílico cuando yo lo visitaba. Muchos sábados por la mañana iba por allí. Tengo recuerdos muy nítidos: quedarme mirando los pósters de pájaros, las colmenas… era muy fácil de idealizar.
Tú has reivindicado mucho el papel de la Extensión Agraria de aquellos años. Sobre todo el trabajo que hacían los técnicos de las oficinas comarcales.
Exacto. Tenían una gran vocación de servicio al payés. Estaban muy pendientes de ellos y se adaptaban. No miraban ni horario ni calendario. Además del trabajo de oficina, después desarrollaban un montón de tareas por las tardes o los fines de semana, como intentar recuperar variedades locales, traer variedades resistentes, bajar a Sóller a recoger esquejes, acercarse a ver unas vacas o a ver cómo le va a aquel que ha tenido un problema. No sé si lo estoy explicando bien… era otro estilo de funcionariado, muy concienciado de que su trabajo era dar un servicio, estar para los payeses.
Y de ahí sale el GAE, el Grup d’Agricultura Ecològica. ¿Qué recuerdas de aquello?
Yo debía de tener nueve años cuando salió el GAE, y también el PRAM, el Patronat de Races Autòctones de Mallorca. Iniciativas pioneras fruto de aquellos años. Todo lo que sé lo he sabido de mayor, digamos. Entonces solo sabía que mi padre era técnico. En el GAE él era el único técnico; había algún payés, pero sobre todo era gente con inquietudes. Gente inquieta, casi contracultural te diría, que había leído cosas de Francia, revistas como la Integral de aquel momento o una que se llamaba Vida Sana —me parece—, eran casi fanzines autopublicados y con eso iban haciendo una puesta en común. Incluso hicieron unos boletines del GAE. Mi padre hizo un logo y algunos dibujos.
¿Tuviste siempre claro que querías estudiar para ingeniero o tuviste otras inquietudes?
Claro, yo de pequeño idealicé y romanticé este mundo. No parecía un trabajo. También eran los últimos momentos en que todavía había payeses que podían vivir dignamente del campo. Veía todo aquel movimiento rural y no me planteé estudiar otra cosa.
¿Hablamos de la carrera? ¿O mejor no?
(Ríe, como si lo hubiéramos descubierto.) Fue el primer baño de realidad. ¡Porque allí de agricultura eco no te hablan en ningún momento! Y todo este mundo rural, este carácter más pintoresco, más de tierra, cultural, todo eso desaparece. Números, producciones… te encuentras estudiando una carrera al uso. Y está bien, eh, es una buena carrera, no es que me desengañara tampoco.
Creo que eso, en tu libro de relatos, lo describes en algún momento como «aquel carácter mágico del entorno cotidiano».
Es lo que en realidad no vuelves a encontrar nunca más. Es la visión de cuando eres pequeño. Supongo que un chaval cuando iba a la fábrica de zapatos de su padre debía de tener la misma sensación. Ves las cosas con una luz diferente. Y yo la recuerdo mucho, esa sensación y esa luz. Es algo como de esperanza. Que es muy indicado y preciso lo que se está haciendo allí. Que tiene una razón ulterior. Las cosas han llegado allí por algún motivo que tiene todo el sentido del mundo para ti. Y aquello te llena de esperanza. De esa alegría de vivir.
¿Y la entrada al mundo laboral como técnico cómo fue?
Aquí vienen las grandes decepciones. Hice de técnico comercial y de técnico en una empresa de producción de hortaliza a lo bestia, cuando todavía no había ninguna precaución respecto al uso de fitosanitarios. Fue un momento duro. Llegaba por las noches hecho polvo, escuchando a Radiohead triste, y salía todos los fines de semana. Pensaba que me había equivocado. Que aquello que yo creía que era la agricultura en realidad era una agricultura forzada, una agricultura impersonal. No hice vínculos con nadie. Estuve muy desamparado al principio.
No tenías a nadie que te consolara dentro del sector.
No. Y a la vez tenía la gran sombra de mi padre que, como había muerto joven y siendo una persona tan dinámica, todavía era muy recordado. Por un lado, me gustaba mucho que me hablaran de él y que lo recordaran. De hecho, había gente que me lo mencionaba sin saber que yo era hijo suyo. Pero, por otro lado, sentía que no estaba preparado para nada. El sector puede ser un poco cruel, también. Sales de la carrera con cuatro nociones y vas a dar directrices a alguien que puede llevar toda la vida practicando un oficio.
¿Y cómo saliste de ahí?
Tuve la suerte de conocer a Tomeu Melis, que fue mi primer mentor, y de entrar en una OPFH que se llamaba Tramuntana. Estando allí, él me convenció de hacer el máster de agricultura eco que organizó Jaume Vadell. Ahí fue donde cambió todo a mejor. Conocí a Aina Calafat, el CBPAE, a todos los que hacían agricultura eco en Mallorca y a muchos profesores de fuera. Aquello estaba muy bien organizado. Disfruté mucho y se me abrieron unas perspectivas laborales muy diferentes.
¿Cómo fueron tus años de inspector en el CBPAE?
Me sirvió mucho para entender cómo funcionaba el campo, los payeses, las terminologías de dentro del campo, los calendarios, etc. Intentaba recopilar el máximo de información sin que se notara demasiado, porque tenía que ser un técnico que supiera ver cuándo lo intentan engañar. Estuve cinco años. Lo dejé para irme a vivir a Francia por amor. Después estuve por Sudamérica y volví con la idea de las fresas.
¿Cómo fue esa época de productor de fresas ecológicas?
No sé cómo de condenado estaba al fracaso. Porque si nadie más lo hacía, era por algún motivo. Pero el primer año realmente fue bueno. No era difícil, estaba muy buena, era el primero que la hacía en eco y comercialmente era imbatible. Por tanto, fue una sorpresa muy buena. ¿Qué pasó? La inversión del primer año pensaba que se podía estirar para el segundo, y no. La tierra era muy cerrada. Cada año lo tienes que desmontar y volver a montar todo. Lo hice durante tres años.
Tu figura como músico todavía está asociada a las fresas; existe ese mito de que eres un payés medio ermitaño que hace música.
En aquel momento era así: la banda acababa de nacer y lo compaginaba. Supongo que de aquellas primeras entrevistas esa descripción todavía perdura.
¿Y de las fresas pasaste ya a APAEMA?
El segundo año de fresas, Nofre Fullana me ofreció un trabajo muy puntual de asesoramiento para socios jóvenes de APAEMA. Ahora recuerdo que, estando en Francia, me envió un mail contándome que había montado su primera Diada d’Agricultura Eco ¡y que había sudado tinta china!
Antes de entrar en APAEMA, hablemos de música.
Era algo que quería hacer, pero de lo que no podía llegar a vivir. De eso he estado siempre muy mentalizado. La banda la montamos cuando volví de Sudamérica. Fue como un momento de ruptura con todo, irme allí, y volví con mucha cosa que arrancar. Un disco y la intención de alcanzar cierta repercusión. Nos lo tomamos bastante en serio. Decíamos que sí a todos los conciertos que nos salían por la península. Entonces pasó que al tercer año de fresas yo llevaba esos tres frentes y tuve que elegir qué dejaba de hacer. APAEMA tenía más proyectos y más horas de trabajo, las fresas por motivos de tierra no acababan de funcionar, y la banda me daba muchas alegrías.
Ahora sí. ¿Cómo has visto evolucionar el sector en los 13 años que has trabajado en APAEMA?
Creo que siempre lo he visto tocado. Cuando volví a Mallorca después de irme a Francia tuve la sensación de que el sector estaba un poco cansado de sí mismo, en horas bajas. Veo que una parte importante de la gente nueva tiene otro oficio por las mañanas y que con ese dinero puede montar una bodega o algo más elaborado donde invertir. Pero el origen de ese dinero no es agrario. Es verdad que están los que se reconvirtieron y cuyo origen es eminentemente agrario. Queda poca gente que viva con el convencimiento de que esto tiene que ser rentable por sí mismo. Y me da una pena en el alma decir esto. Ahora bien, APAEMA ha sido un revulsivo muy eficaz para revertir esta tendencia, para incentivar a nuevos payeses, para ofrecer nuevas oportunidades laborales, para ampliar al máximo el mercado, para concienciar a la gente, para hacer que la agricultura eco esté en boca de todos.
Han sido años difíciles para el campo.
Sí. Ojalá el mundo agrario pudiera sostenerse por sí mismo, sin tener que invertir tanta energía en el tema de la burocracia. Ojalá. Pero la realidad no es esa. Hay un tema de fisonomía también. El paisaje agrario ha cambiado mucho. Antes predominaban fincas extensivas con almendros y ovejas. Hoy, entre los malos precios, el envejecimiento, la estocada de la xylella y el poco consumo de cordero, pues se ha notado.
¿Estamos en un cambio de paradigma para el sector, entonces?
No sé cuáles serán las transformaciones paisajísticas del campo. Y eso me ha pesado un poco. Pesa porque forma parte de ese ideario que yo tenía de pequeño, de que uno podía vivir con cuarteradas de almendros y ovejas, y ahora no. Y eso, que era la base, no ha funcionado por motivos de mercado; digamos que ha descolocado. Ahora la agricultura tradicional de Mallorca, la de secano, ya no funciona. Hay gente que ha podido seguir gracias a infraestructuras y maquinaria amortizadas, pero empezar de cero es complicado. Pese a las ayudas, a los jóvenes les cuesta mucho asumir este oficio por las dificultades que se encuentran. Creo que eso ha sido lo más duro de ver.
Venga, ya he escrito en la entradilla que te vas. Si te tienes que poner sentimental, es ahora. ¿Qué ha significado APAEMA para ti?
¡Me ha reconciliado con la idea más romántica que tenía de pequeño del sector, APAEMA! A través de la formación que ofrecemos entré en contacto con mucha gente que me enseñó: Jesús Quintano, Andreu Vila, Borja Camí, Carlos Lacasta… Gente que llegó en un buen momento, en el que yo estaba muy permeable, necesitaba formarme. Y eso hizo que dentro de APAEMA me sintiera cómodo, seguro, y pudiera abarcar muchas áreas. Y ese es el trabajo ideal, porque no te aburres. Eso sí, APAEMA es un espacio autofinanciado, con todas las tensiones que eso genera. Pero como lugar de aprendizaje laboral ha sido insuperable.
Solo puedo hablar de tus últimos cinco años, que es el tiempo que hemos compartido. Pero como tú no lo dirás, lo digo yo. Creo que muchas cosas que valoran los socios son resultado de una manera de atender. Tú has querido reconstruir esa manera de entender el oficio, esa vocación de sector que comentabas que tenía la generación de tu padre.
Era algo que pensaba que APAEMA tenía que tener: que nosotros no debíamos dar el aspecto de ser unos oficinistas ni unos funcionarios, y que siempre teníamos que dar una respuesta, que siempre teníamos que dar una solución, aunque no la supiéramos. Creo que eso también es algo que ha caracterizado a APAEMA respecto a los otros sindicatos, o a la propia conselleria: que nosotros siempre hemos atendido. Y además es lo que lo hace tan divertido y entretenido. No sabes la de propuestas que hemos escuchado que han acabado configurando quiénes somos.
¿Crees que eso ya forma parte de la identidad de la asociación?
¡Hombre, claro que sí!
Miquel, la idea que me he hecho de ti estos años —y que estoy intentando sacar en la entrevista sin mucho éxito— es la de alguien profundamente conectado con el campo, capaz de captar y transmitir esa magia que a menudo pasa desapercibida. A mí, al menos, me has contagiado ese entusiasmo. De hecho, en el relato Cooperativa, de tu último libro, narras esa aparente normalidad absorbente. Encaramado a las balas de paja nos señalas espantajos: «¿habéis visto esto?». No creo que vayas por el sector con una mirada inocente ni infantil; más bien pareces un antropólogo buscando los restos de una civilización perdida. Con una curiosidad que perdemos los mortales cuando nos hacemos mayores. Las cosas que destacas cuando vuelves de las visitas van siempre por ahí. Recuerdo aquel día que nos enviaste una foto de un pez dentro de un bote de cristal colgado de un árbol… ayúdame a explicarlo, por favor (reímos).
Un día que estaba haciendo una visita me encontré a dos que cazaban conejos con hurones. E iba con esa idea de, ¡ostras!, una práctica antigua y todavía está un poco activa según dónde. Sí, siempre me he fijado en estas cosas, en ese aspecto más cultural, más antropológico, como tú dices, o mejor, más «pop» del mundo agrario. También para acercarlo a la gente que rodea APAEMA, porque no todo el mundo tiene el oficio ni conoce mucho el campo. Al menos con cosas de estas la atraes hacia la entidad.
¡Eso era! Al final lo conseguiremos explicar, Miquel. Tú has defendido muchas veces que APAEMA tenía que ser una figura pop.
Es eso: destacar esos elementos que le dan idiosincrasia a la actividad, aterrizar eso. Por ejemplo, el mobiliario que tienen los payeses en sus casas, esa costumbre de llevar siempre papeles escritos a mano, mezclados con billetes, con alguna receta en el bolsillo, el trato con los funcionarios… ¡Ay! No sé si lo sabré explicar, Tomeu.
Sí, ya casi lo tenemos.
Es un mundo muy rico, porque está lleno de elementos, de supersticiones, de manías, de gente extraña, de personajes súper variados, y eso le da mucho contenido. Y si lo miras desde ese punto de vista, como si estuvieras leyendo una crónica periodística de un movimiento, daría muchísimo juego. Y ahí lo aterrizo con el tema de la agricultura pop, que es… leer el campo desde ese punto de vista, como si fuera un relato de esos periodistas norteamericanos de finales de los años 60. Durante un tiempo tuve una sección de agricultura en la revista Cent per cent y tenía un par de artículos que se llamaban Agricultura Pop 1, 2, etc., y allí me ponía a narrar un día normal en el campo. Y daba muchísimo juego.
Debe de ser de los pocos oficios que dependen tanto de la naturaleza; las posibilidades que te ofrece un día en el campo parece que no dependen de ti, ¿no? Como que estás a merced de los elementos.
Las posibilidades son muy amplias en comparación con cualquier otro sector. Eso es así. Y le da muchísima riqueza. Y dependerá mucho de tu manera de interpretarlo encontrarle más o menos gracia.
Claro, depende mucho de la mirada de cada uno. Otro puede verlo como una cuestión desesperada y triste.
Que es la típica que tiene todo el mundo. Pero yo creo que tiene mucha gracia aplicar esta perspectiva. Y es algo que no escuchas demasiado. Y, en cambio, engancha mucho más a la gente.
Ahora hemos llegado a lo que es la agricultura pop.
Sí.
Es girar la opinión triste y desamparada que tiene todo el mundo por una…
Hay dos o tres opiniones imperantes. Si eres capaz, lo tienes que ver también desde un ángulo de riqueza, de verdad, de cotidianidad, de un oficio que te da muchísimo juego.
Para acabar, a todo el mundo le hacemos la misma pregunta.
En los últimos años hemos visto que APAEMA se ha convertido en un referente en la península. A todo el mundo le digo lo mismo: lo que se ha hecho aquí sería exportable a cualquier comunidad autónoma. Pero no se está haciendo. ¿Por qué? Porque aquí ha estado Nofre, que ha tenido una capacidad de gestión anormal, que no es habitual. Alguien con esa capacidad se mete en una empresa del Ibex 35. Y aquí tenemos a Nofre, que lo que ha hecho ha sido revivir el sector. Encontrar esa figura no es sencillo. Aquí en Mallorca hemos tenido la suerte de contar con gente como Jaume Vadell, que montaba ese máster; con Aina Calafat, que tiró del consejo regulador; y luego con todo el equipo que se ha formado alrededor. Ahí ya intervengo yo, Jero Jaume, tú, Tomeu, Marta en S’Obrador, y todos los que han venido detrás.
¿Qué crees que echarás de menos de esta etapa?
Echaré de menos la diversidad, y echaré de menos esto: que ahora estamos aquí en el campo y dentro de dos horas estamos en otro campo y dentro de tres estamos en la oficina con vosotros poniendo el hilo musical.
¿Y adónde te vas?
Con un par de amigos hemos cogido una librería emblemática de Inca, la Espirafocs. Dejo un trabajo ideal. Pero el mundo cultural, el mundo de los libros sobre todo, también hace muchos años que me atrae. Era el momento. Y con amigos siempre apetece. Era ahora o nunca. También volvemos a esas reminiscencias antiguas: la Espirafocs es la primera librería donde compré libros y cómics cuando tenía 10 años. Nuestra casa estaba pegada. La propietaria todavía recuerda a nuestra familia. Volvemos a partir, ciertamente, de una imagen bucólica (reímos) y ya veremos cuál es la realidad.
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