Joan Vives: consumir producto local y diversificar la economía de Mallorca

Institucional 7 de enero de 2026 · 6 min de lectura

Joan Vives (PIMEM) reflexiona sobre consumir producto local y diversificar la economía como dos caras de un mismo futuro para Mallorca.

Sector: Primario y agroalimentario # Producto local y diversificación
original OIP 2

Como periodista y responsable de comunicación de la patronal, he tenido a menudo la sensación de que en Mallorca discutimos y comunicamos los síntomas pero no siempre las causas. Hablamos de masificación, de precariedad laboral, de dependencia del turismo, de dificultades de acceso a la vivienda o de pérdida de paisaje. Pero raramente ponemos el foco con suficiente profundidad en el modelo económico que sostiene —y a la vez tensiona— nuestra isla. En este contexto, consumir producto local y avanzar hacia una economía más diversificada no son simples consignas bienintencionadas: son dos piezas clave de una misma estrategia de futuro.

Durante décadas, Mallorca ha construido su prosperidad sobre un éxito indiscutible: el turismo. Este sector ha generado riqueza, empleo y proyección internacional. Negarlo sería injusto y poco riguroso. Sin embargo, también es cierto que esta especialización extrema nos ha hecho vulnerables. Lo hemos comprobado con la crisis financiera de 2008, con la pandemia de la COVID-19 y, más recientemente, con los efectos del cambio climático y el aumento de los costes energéticos. Una economía excesivamente dependiente de un solo sector es una economía frágil.

En este escenario, el consumo de producto local emerge no solo como una opción ética o cultural, sino como una decisión económica estratégica.

El valor económico del producto local

Cuando consumimos producto local —ya sea alimentario, artesanal o de servicios— estamos activando un círculo virtuoso dentro de la economía insular. El dinero que gastamos no sale de Mallorca, sino que se redistribuye dentro del territorio: paga salarios, mantiene explotaciones agrarias, sostiene pequeños negocios y genera actividad económica en sectores a menudo invisibilizados.

Desde un punto de vista estrictamente económico, esto implica un mayor efecto multiplicador. Cada euro gastado en producto local tiene más probabilidades de volver a circular por la economía mallorquina que un euro gastado en una gran cadena internacional. Además, refuerza el tejido de pequeñas y medianas empresas, que son las que, históricamente, han dado más estabilidad laboral y arraigo territorial.

Pero el valor del producto local no es solo monetario. También preserva conocimiento, paisaje e identidad. La agricultura, por ejemplo, no es únicamente una actividad productiva: es una herramienta de gestión del territorio. Sin payesía, el riesgo de abandono del campo aumenta, con consecuencias directas sobre la biodiversidad, los incendios forestales y la calidad del paisaje que, paradójicamente, es uno de los principales atractivos turísticos de la isla.

Consumo responsable y soberanía económica

Consumir producto local es también una forma de recuperar soberanía económica. En un mundo globalizado, donde las cadenas de suministro son largas y frágiles, tener capacidad productiva propia es un activo estratégico. La pandemia nos mostró hasta qué punto dependemos del exterior para bienes esenciales, incluidos los alimentarios.

Mallorca, por su condición insular, debería ser especialmente consciente de esta dependencia. Apostar por el producto local no significa cerrarse al mundo, sino equilibrar la balanza. Significa garantizar que una parte significativa de lo que consumimos se puede producir aquí, con criterios de calidad, sostenibilidad y justicia social.

Además, el consumidor juega un papel clave. Cada decisión de compra es también una decisión política, en el sentido más amplio del término. Elegir producto local es apostar por un modelo económico más resiliente, más diverso y más coherente con las necesidades del territorio.

Diversificar: una necesidad, no una alternativa

Ahora bien, el consumo de producto local, por sí solo, no es suficiente. Debe ir acompañado de una apuesta clara por la diversificación económica. Mallorca no puede ni debe renunciar al turismo, pero sí debe reducir su dependencia casi exclusiva de este sector.

Diversificar no quiere decir inventarse sectores artificiales, sino identificar y potenciar aquellas actividades que tienen sentido en nuestro contexto. Hablamos de la agroalimentación de calidad, de las industrias culturales y creativas, de la economía del conocimiento, de la investigación, de la tecnología aplicada al medio ambiente, de las energías renovables o de la economía social y cooperativa.

Este proceso requiere inversión, formación y una visión a largo plazo. También requiere superar una inercia cultural que ha asociado el éxito económico casi exclusivamente al turismo. Diversificar implica aceptar que el crecimiento quizás será más lento, pero también más estable y más justo.

Trabajo, precariedad y calidad de vida

Uno de los argumentos más potentes a favor de la diversificación es el mercado laboral. El modelo actual genera mucho empleo, sí, pero también mucha precariedad y estacionalidad. Contratos temporales, sueldos bajos y dificultades para desarrollar carreras profesionales sólidas son problemas estructurales, no coyunturales.

Los sectores emergentes y el refuerzo de la economía local pueden contribuir a crear empleo más cualificado y menos estacional. Esto no solo mejora las condiciones laborales, sino que ayuda a retener talento joven, que a menudo se ve obligado a emigrar por falta de oportunidades profesionales en la isla.

La calidad de vida no depende solo del PIB o del número de visitantes, sino de la capacidad de la economía para ofrecer estabilidad, servicios públicos sólidos y un entorno habitable.

El papel de las instituciones y la sociedad civil

Este cambio de modelo no puede recaer únicamente en el consumidor. Las instituciones públicas tienen un papel fundamental. Políticas de compra pública de producto local, apoyo a la innovación, facilitación del acceso a financiación para pequeños productores y emprendedores, y una fiscalidad que premie las prácticas sostenibles son algunas de las herramientas disponibles.

A la vez, la sociedad civil, las cooperativas, las asociaciones de productores y los movimientos de consumo responsable han demostrado que el cambio también puede venir de abajo hacia arriba. En Mallorca ya existen experiencias de éxito que combinan economía, territorio y cohesión social. Hay que reconocerlas, reforzarlas y escalarlas.

Mirar adelante sin perder la raíz

Mallorca se encuentra en una encrucijada. Podemos continuar profundizando en un modelo que genera rendimiento a corto plazo pero tensiones a largo plazo, o podemos apostar por una economía más equilibrada, resiliente y arraigada al territorio. Consumir producto local y diversificar la economía no son soluciones milagrosas, pero sí pasos imprescindibles en esta dirección.

Como economista, pero también como ciudadano de esta isla, creo que el reto no es menor, pero tampoco imposible. Requiere voluntad política, compromiso social y una mirada que vaya más allá del próximo verano turístico. En definitiva, se trata de decidir qué tipo de prosperidad queremos y a qué precio.

El futuro de Mallorca no está escrito. Pero una cosa es clara: será más sólido si se construye desde el territorio, con el territorio y para el territorio.

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